En el Principado de Mónaco no hay margen para el error, y la lógica histórica pesa como una losa: en las últimas 11 carreras, quien conquistó la pole position se quedó con la victoria en 10 de ellas. Con este antecedente, el paddock de Montecarlo amaneció con una certeza en el aire: las Ferrari, tras las profundas modificaciones técnicas que todos los equipos implementaron para evitar el aburrimiento, habían llegado para reinar. Y el viernes no hizo más que confirmar los rumores.

La jornada arrancó con el corazón en un puño. La primera práctica libre (FP1) tuvo un final abrupto cuando un duro accidente de Hadjar obligó a sacar la bandera roja. Sin embargo, la magia de los boxes se impuso: en apenas 12 minutos, el monoplaza fue reparado y devuelto a la pista para la segunda sesión, demostrando que en la F1 moderna el tiempo también se curva.
Al ritmo de Ferrari
Si la mañana fue de tensión, la tarde (FP2) fue de pura liturgia de la velocidad. Charles Leclerc, sintiéndose en casa, marcó el ritmo con un tiempo demoledor. A apenas 226 milésimas, como una sombra amenazante, se instaló Lewis Hamilton, demostrando que el heptacampeón sigue siendo un depredador en los circuitos callejeros.

El susto de Colapinto
En medio de este duelo de titanes, el piloto argentino tuvo una jornada de “buenas y malas”. Empujando siempre al límite, protagonizó un susto a los 20 minutos de la FP2 en la icónica curva de Sainte-Devote, rozando con las gomas izquierdas. El equipo contuvo el aliento, pero la revisión en la vuelta siguiente confirmó que no había daños estructurales; era simplemente el precio de bailar sobre el filo de la navaja. En la segunda parte de la sesión, el argentino no pudo superar a su compañero de equipo, el francés Gasly, quedándose a 250 milésimas, pero dejando en claro que su ritmo es más que competitivo para el sábado.
“Un poco más que un besito, le di un abrazo”, bromeó el argentino al recordar el contacto con las barreras durante la FP2. Por las características del circuito callejero de Mónaco, el impacto podría haber tenido consecuencias mayores. El piloto completó la frase con una aclaración que llevó alivio a Alpine y a sus seguidores: “Pero no se rompió nada”.
Más atrás en la parrilla, el paisaje también ofrecía sorpresas. Checo Pérez, ahora al volante del Cadillac, sigue demostrando por qué fue compañero de Verstappen: se acomoda en la escudería con una naturalidad que no estaba prevista a principio de temporada. Por su parte, los Audi dieron un golpe de autoridad con Hulkenberg y el brasileño Bortoletto metiéndose en la zona de puntos (8º y 9º), mientras que Russell logró, tras mucho tiempo, doblegar a su joven compañero Kimi Antonelli. Hadjar, por su parte, cerró el día en un meritorio 6º lugar.
Pero el viernes también trajo el contraste de la nostalgia y la realidad. McLaren celebra en este circuito su carrera número 1.000. Fue en 1963 donde Bruce McLaren debutó con su propia construcción, y desde entonces, el equipo naranja ha escrito 16 victorias en estas calles, seis de ellas del inolvidable Ayrton Senna, sin olvidar a Häkkinen, Alonso o Fittipaldi. Sin embargo, la fiesta en el paddock no se trasladó al asfalto. McLaren, que este año es el equipo con menos vueltas de competición acumuladas, no tuvo el día y se quedó lejos del podio que todos ansían.

Ahora, el telón cae sobre el viernes. Todos los equipos tienen la noche por delante para descifrar el rompecabezas. Porque aunque digan que Mónaco ya no es lo que era, la verdad es que todos quieren ganar aquí. Y el sábado, cuando llegue la clasificación, las 226 milésimas que separan a Leclerc de Hamilton, y las 250 que frenan al argentino, definirán quiénes escribirán la historia y quiénes solo serán espectadores en el baile.

