Cada 20 de noviembre se celebra el Día Universal de la Infancia, una fecha que invita a reflexionar sobre la situación de niñas, niños y adolescentes en todo el mundo. La efeméride no es un recordatorio simbólico, sino un llamado urgente a garantizar derechos que, aunque reconocidos internacionalmente hace décadas, aún hoy están lejos de cumplirse de manera plena. En un contexto global atravesado por desigualdades, crisis humanitarias, violencia, migraciones forzadas y cambios sociales acelerados, la niñez se encuentra en el centro de múltiples vulnerabilidades que requieren políticas activas y un compromiso sostenido de los Estados, la sociedad civil y la comunidad internacional.
La elección del 20 de noviembre no es casual: en esa misma fecha, pero de 1959, la Asamblea General de las Naciones UnidasOrganización de las Naciones Unidas adoptó la Declaración de los Derechos del Niño, un documento que marcó un antes y un después en la mirada mundial sobre la infancia. Treinta años más tarde, en 1989, ese mismo día se aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño, el tratado internacional más ratificado de la historia. Desde entonces, los países que la firmaron asumieron la responsabilidad de garantizar que cada niño y niña pueda crecer con acceso a educación, salud, protección, identidad, juego y participación en su comunidad.
Aun así, más de tres décadas después, el derecho a una infancia plena continúa siendo un privilegio desigual. En distintos puntos del planeta millones de niños viven situaciones extremas: pobreza estructural, trabajo infantil, violencia doméstica, explotación sexual, ausencia de acceso a la educación, desplazamientos por conflictos bélicos y crisis climáticas que afectan su bienestar cotidiano. En América Latina, donde la desigualdad es una constante, la infancia sigue siendo uno de los sectores más afectados por los vaivenes económicos y las crisis sociales.
Pero más allá de las estadísticas duras, el Día Universal de la Infancia propone cada año volver al punto de partida: recordar que todas las políticas públicas, todos los sistemas educativos, los proyectos sociales y las responsabilidades familiares deben tener como prioridad absoluta el bienestar de las nuevas generaciones. No hay desarrollo posible sin infancia protegida, saludable, escuchada y acompañada.

La Convención sobre los Derechos del Niño fue revolucionaria por su enfoque: dejó atrás la idea de la niñez como una etapa subordinada y colocó a los chicos y chicas como sujetos plenos de derecho, capaces de expresar opinión, participar en las decisiones que los involucran y demandar al Estado la protección adecuada. Ese cambio conceptual abrió la puerta a nuevos paradigmas pedagógicos, nuevas leyes de protección integral y un creciente entramado de instituciones que trabajan por la garantía de los derechos de la niñez.
La educación es uno de los frentes más visibles y, al mismo tiempo, más desafiantes. Aunque la mayoría de los países reconoce la escolaridad como un derecho básico, millones de niños permanecen fuera del sistema educativo o asisten a instituciones con infraestructura deficiente, contenidos obsoletos o recursos insuficientes. En un mundo atravesado por la digitalización, la brecha tecnológica profundiza desigualdades y condiciona el futuro de quienes no tienen acceso a dispositivos, conectividad o alfabetización digital. Las niñas, en particular, continúan enfrentando barreras culturales y estructurales que limitan su acceso a las ciencias, la tecnología y las oportunidades de formación de calidad.
Otro de los desafíos globales es la violencia. Ya sea en el ámbito doméstico, escolar o comunitario, los niños y niñas están expuestos a prácticas que naturalizan el maltrato físico y emocional. La Convención fue clara al respecto: ningún tipo de violencia es justificable y todos los niños tienen derecho a crecer en entornos seguros. Sin embargo, las cifras internacionales revelan que millones de chicos son víctimas de castigos físicos, abuso sexual, explotación laboral o abandono. Muchos casos permanecen ocultos por miedo, falta de acceso a la justicia o ausencia de mecanismos de protección confiables.
El mundo adulto muchas veces se acostumbra a convivir con estas realidades sin dimensionar su impacto. El Día Universal de la Infancia viene a recordar que cada vulneración tiene efectos a largo plazo: la violencia afecta la salud emocional, el aprendizaje, la construcción de la autoestima y la capacidad futura de vivir relaciones sanas. Por eso, reforzar políticas de protección, capacitar a docentes y profesionales, y fomentar entornos familiares libres de violencia es indispensable para construir sociedades más justas.

La salud es otro pilar central. Aunque los avances médicos y las campañas de vacunación redujeron la mortalidad infantil durante las últimas décadas, millones de niños aún carecen de acceso a servicios básicos, controles pediátricos, nutrición adecuada o agua potable. En regiones afectadas por conflictos armados o desplazamientos, enfermedades prevenibles reaparecen y las condiciones sanitarias se deterioran rápidamente. Los problemas de salud mental, un tema históricamente relegado en la niñez, también emergen con fuerza: ansiedad, depresión, estrés y otras dificultades emocionales se incrementaron tras la pandemia y requieren estrategias integrales que incluyan asistencia psicológica, escucha activa y acompañamiento escolar.
El juego, a menudo visto como un aspecto secundario, ocupa un lugar central en la Convención. Jugar no es un lujo: es una herramienta fundamental para el desarrollo cognitivo, emocional y social. Permite aprender a resolver conflictos, estimular la creatividad, mejorar la comunicación y construir vínculos. Sin embargo, en contextos de pobreza o violencia, el tiempo y el espacio para jugar desaparecen, dejando a los niños sin un recurso esencial para su desarrollo saludable. En las ciudades, además, la urbanización acelerada reduce espacios verdes y limita la posibilidad de que los chicos se apropien del espacio público de manera segura.
La participación infantil es otro derecho que aún se encuentra en proceso de expansión. Aunque muchos países cuentan con consejos consultivos, programas educativos o iniciativas culturales que dan voz a los niños, todavía persisten miradas adultocéntricas que los consideran incapaces de opinar o decidir sobre su vida. La Convención invita a lo contrario: escuchar su palabra, respetar sus ideas y garantizar que su voz tenga impacto real en las decisiones comunitarias, escolares y familiares.
El Día Universal de la Infancia, entonces, no es solo una fecha más en el calendario. Es una oportunidad para repasar qué avances se lograron y qué deudas quedan pendientes. Para los gobiernos, representa un compromiso irrenunciable: diseñar políticas públicas basadas en datos, invertir en educación y salud, fortalecer los sistemas de protección y garantizar que ninguna decisión que afecte a la infancia quede librada al azar. Para las familias, implica redoblar la responsabilidad afectiva y educativa, ofrecer escucha, límites claros, acompañamiento y un entorno sano. Para la sociedad, es un llamado a construir culturas más empáticas, inclusivas y respetuosas.
Cada niño y niña, en cualquier lugar del mundo, merece una infancia protegida, libre de violencias y con todas las oportunidades para desarrollar su potencial. Esa es la premisa que dio origen a esta fecha y la razón por la cual, 66 años después de la Declaración y 35 años después de la Convención, la lucha por los derechos de la infancia sigue siendo una tarea prioritaria. Porque garantizar la infancia es, en definitiva, garantizar el futuro de toda la humanidad.


