Hablar parece algo simple, casi automático. Pero para millones de personas en el mundo —y unas 500.000 en Argentina— pronunciar una frase puede ser una batalla cotidiana. La tartamudez, también llamada disfemia, es un trastorno de la fluidez del habla que genera repeticiones, bloqueos o prolongaciones involuntarias de sonidos y sílabas. No afecta la inteligencia, pero sí puede impactar profundamente en la autoestima y la vida social de quien la padece.
El 22 de octubre fue declarado Día Internacional de la Tartamudez por la Asociación Internacional de la Tartamudez (ISA, por sus siglas en inglés) en 1998. Desde entonces, la fecha busca concientizar sobre la importancia de la comprensión, la empatía y la inclusión en la comunicación.
Entre el mito y la ciencia
Durante años, la tartamudez fue malinterpretada. Se la asoció erróneamente con el nerviosismo, la timidez o traumas psicológicos. Hoy, gracias a la investigación, se sabe que tiene una base neurobiológica y genética: es una diferencia en la forma en que el cerebro procesa el lenguaje y coordina los movimientos del habla.
El abordaje más efectivo combina el trabajo de fonoaudiólogos especializados, técnicas de respiración, terapia cognitivo-conductual y, sobre todo, la contención emocional. También hay una mirada creciente sobre la aceptación de la disfluencia como parte de la diversidad comunicacional.
¿Qué significa eso? Que la fluidez no debería ser una vara para medir la validez de una voz. La meta no siempre es “hablar perfecto”, sino hablar con confianza, sin miedo ni vergüenza.
Una realidad que atraviesa edades y entornos
Aunque la tartamudez suele manifestarse entre los 2 y los 6 años —etapa en la que se desarrolla el lenguaje—, puede persistir en la adultez. En Argentina, distintas asociaciones como Tartamudez Argentina y Fundación Fleni realizan campañas de sensibilización y acompañamiento.
Los especialistas insisten en un punto: cuanto antes se detecta, mejor es la respuesta terapéutica. La intervención temprana ayuda a evitar que la disfluencia derive en aislamiento o ansiedad.
Pero incluso cuando aparece en adultos, los tratamientos y los grupos de apoyo logran mejorar la relación con la palabra. “Lo importante no es dejar de tartamudear, sino dejar de sufrir por tartamudear”, dicen desde la comunidad internacional de oradores que viven con esta condición.

Hablar sin miedo: testimonios que inspiran
Cada 22 de octubre se multiplican las historias de personas que convierten su dificultad en bandera. En redes sociales, campañas como #YoTartamudeo o #HablarSinMiedo invitan a compartir experiencias para desterrar la vergüenza.
En los últimos años, figuras públicas como Joe Biden, Bruce Willis o Emily Blunt han visibilizado su historia con la tartamudez, demostrando que la disfluencia no define el talento ni las capacidades.
En Argentina, cada vez más jóvenes participan de encuentros donde practican oratoria y lectura en voz alta, generando espacios de confianza. “No somos los tartamudos, somos personas que tartamudeamos —dicen—. Es una parte de nosotros, no nuestra identidad completa.”
Educar la escucha, no corregir la palabra
Uno de los gestos más importantes para acompañar a quien tartamudea es escuchar sin interrumpir, completar ni apurar. Corregir, forzar la fluidez o hacer bromas puede agravar la tensión.
“Las pausas son parte del habla. A veces lo que más ayuda no es la terapia, sino el entorno”, explica la fonoaudióloga Florencia Suárez, especialista en fluidez. “Si el entorno valida, el habla se relaja. Si se presiona, se bloquea más. Es así de simple y así de humano.”
Un llamado a cambiar la mirada
El Día Internacional de la Tartamudez no busca que las personas “superen” una condición, sino que el mundo aprenda a convivir con la diversidad comunicativa. La palabra, aunque a veces se trabe, sigue siendo palabra.
En definitiva, hablar sin miedo también es un acto de libertad. Y la empatía, esa pausa que deja espacio al otro, es el mejor lenguaje universal.








