Portugal vota este domingo en unas elecciones presidenciales que ya son consideradas las más disputadas desde el retorno de la democracia tras la Revolución de los Claveles. A cincuenta años de aquel proceso histórico, el país enfrenta una contienda inédita por su nivel de fragmentación, incertidumbre y polarización, con encuestas que coinciden en que ningún candidato alcanzará la mayoría absoluta necesaria para imponerse en primera vuelta. El escenario más probable es un balotaje el próximo 8 de febrero, una instancia que solo se dio una vez, en 1986.
La elección se produce en un contexto político muy distinto al de la última década. El conservador Marcelo Rebelo de Sousa concluye su segundo y último mandato en medio de un Parlamento mucho más polarizado, con una derecha que concentra cerca del 70% de los escaños y una extrema derecha consolidada como segunda fuerza política. Este nuevo mapa coloca a la elección presidencial en el centro de un debate que excede los nombres y pone en juego el equilibrio institucional del país.
Portugal es una república semipresidencialista en la que el presidente no ejerce poder ejecutivo directo, pero sí cuenta con atribuciones clave, como disolver el Parlamento, forzar la dimisión del Gobierno, vetar leyes y convocar elecciones. Históricamente, esos poderes fueron utilizados con cautela y un perfil arbitral. Sin embargo, la posibilidad de que un candidato populista llegue al Palacio de Belém —tres de los aspirantes con mayores chances lo son— reactivó la discusión sobre el rol del jefe del Estado y los límites de su intervención política.
La ruptura del eje tradicional
Entre los cinco candidatos con opciones reales de avanzar a la segunda vuelta, dos representan a los partidos que se alternaron en el poder desde 1974. Por el centroderecha, Luís Marques Mendes, respaldado por el Partido Social Demócrata y por el primer ministro Luís Montenegro, arrancó la campaña como favorito, aunque su apoyo fue erosionándose con el correr de las semanas. Sus adversarios pusieron bajo la lupa sus actividades privadas y sus ingresos como consultor, un desgaste que se refleja con claridad en los sondeos.
Del lado socialista, António José Seguro emergió como la gran sorpresa de la campaña. Exsecretario general del Partido Socialista, había quedado relegado durante años dentro de su propia fuerza, cuestionado por su perfil moderado y por decisiones adoptadas durante la crisis de la troika. No obstante, logró una remontada sostenida con una campaña sobria, enfocada en la defensa del sistema público de salud y en un discurso institucional orientado a captar el voto moderado.
Frente a ellos se ubican tres candidaturas que desafían el marco político tradicional. La más relevante es la de André Ventura, líder del partido ultraderechista Chega, quien encabeza las encuestas con alrededor del 24% de intención de voto. Ventura se autodefine como un “radical” y convoca a votar “contra el régimen de abril de 1974”, en alusión directa al sistema democrático surgido tras el fin de la dictadura. Su campaña estuvo marcada por mensajes xenófobos y racistas contra inmigrantes y comunidades gitanas —algunos retirados por orden judicial— y por elogios explícitos al régimen de António de Oliveira Salazar.
Pese a ese historial, el dirigente ultra intentó moderar su imagen en el tramo final de la campaña, consciente de que llegar a la segunda vuelta le otorgaría una visibilidad y una legitimidad institucional inéditas. Para muchos analistas, Ventura no tiene demasiado que perder: incluso una derrota en el balotaje reforzaría su posición como principal referente opositor de cara a futuras elecciones legislativas.
Voto útil, temor y desgaste
Junto a Ventura aparecen otras dos figuras con rasgos populistas. El almirante retirado Henrique Gouveia e Melo, exjefe del Estado Mayor de la Defensa, cimentó su candidatura en la gestión de la campaña de vacunación contra la covid durante el gobierno socialista de António Costa. Se presenta como un independiente ajeno a los partidos, con capacidad para imponer orden y eficiencia, aunque su respaldo se fue debilitando a medida que la campaña se tornó más áspera.
El quinto aspirante con chances es el liberal João Cotrim de Figueiredo, expresidente de Iniciativa Liberal. Su crecimiento en las encuestas se frenó tras la difusión en redes sociales de una denuncia por acoso sexual y por su negativa inicial a descartar un eventual apoyo a Ventura en una segunda vuelta, postura de la que se retractó al día siguiente. Desde entonces, los sondeos lo penalizaron.
La posibilidad de que Ventura acceda al balotaje activó llamados al voto útil desde distintos sectores. Algunos analistas consideran que su presencia en la segunda vuelta garantizaría la concentración del voto democrático en torno a su rival, mientras que otros advierten que ese cálculo podría fallar. El electorado de Chega es el más fiel y su líder logró normalizar su figura ante sectores que años atrás lo consideraban inaceptable.
Estas presidenciales, las más concurridas e inciertas desde 1976, reflejan un cambio profundo en la sociedad portuguesa. El país que durante años fue visto como una excepción frente al avance de la extrema derecha en Europa enfrenta ahora una prueba decisiva para su sistema político. El resultado de este domingo no despejará todas las incógnitas, pero sí delineará el escenario de una segunda vuelta que muchos interpretan como un plebiscito sobre el futuro de la democracia en Portugal.


