Más de la mitad de los ciudadanos italianos rechazaron la reforma judicial impulsada por el Gobierno de Giorgia Meloni, según los resultados preliminares de la consulta popular realizada durante dos días en todo el país. La votación generó un intenso debate por la complejidad de la propuesta y sus implicaciones para el funcionamiento del sistema judicial, mientras sectores opositores advirtieron sobre posibles riesgos de politización y pérdida de imparcialidad.
Las críticas hacia el sorteo para la selección de algunos miembros del Consejo Superior de la Judicatura ocuparon un lugar central en el análisis del resultado de la consulta popular, principalmente porque detractores del Gobierno señalaron que este mecanismo podría comprometer la legitimidad y neutralidad de dicho órgano.
Según informó el Ministerio del Interior italiano, el cierre de los centros de votación el lunes a las 15:00 horas (hora local) marcó el fin del referéndum en el que se preguntó a la ciudadanía si apoyaba la reforma judicial impulsada por el Ejecutivo de la primera ministra Giorgia Meloni. Los datos preliminares reflejan una amplia respuesta en contra: el 54,54% de los electores optó por el rechazo de la propuesta gubernamental, frente a un 45,69% que votó a favor, con una participación del 58,51% durante los dos días habilitados para la consulta.
Tal como publicó el Ministerio del Interior y difundieron diversos medios italianos, la votación giró en torno a una iniciativa para modificar varios artículos fundamentales de la Constitución —específicamente los artículos 87, 102, 104, 105, 106, 107 y 110— en relación a la estructura y funcionamiento del sistema judicial. La reforma contemplaba, entre otras medidas, la creación de consejos superiores de la judicatura separados para jueces y fiscales, con funcionamiento autónomo, y un nuevo consejo disciplinario común para magistrados, con el propósito de abordar problemáticas históricas como el faccionalismo.

Uno de los aspectos más controvertidos fue el sorteo parcial de miembros del Consejo Superior de la Judicatura, organismo compuesto por 33 integrantes: 20 elegidos por los propios magistrados y 10 designados por el Parlamento. Según el planteamiento gubernamental, el sorteo buscaba garantizar la neutralidad de los seleccionados y reducir la influencia de intereses corporativos o alianzas internas.
Sin embargo, sectores opositores expresaron preocupación porque esta metodología podría sustituir la representatividad tradicional sin asegurar verdadera imparcialidad, generando una diferencia significativa entre los consejeros elegidos por vías políticas y los provenientes del cuerpo judicial, quienes, según señalaron, quedarían expuestos a influencias externas.
La reforma también proponía la separación definitiva de las carreras de jueces y fiscales. En el modelo vigente, la posibilidad de pasar de un puesto a otro está limitada a una ocasión y solo durante los primeros diez años de carrera, además de requerir un cambio de distrito judicial o región. La oposición sostiene que el sistema actual ya cuenta con mecanismos eficaces para preservar la imparcialidad y que la propuesta responde a un problema inexistente.
Distintas voces señalaron que convertir a los fiscales en un órgano autónomo con su propio consejo superior podría modificar de manera relevante la relación entre jueces y fiscales, tradicionalmente basada en una cultura profesional compartida. Según los críticos, este cambio podría derivar en una mayor asimilación de los fiscales a figuras policiales enfocadas únicamente en obtener condenas y detenciones.

Entre otros argumentos, la oposición indicó que la reforma incrementaría la burocracia y los costos administrativos del sistema judicial, al transferir funciones que actualmente desempeña un único organismo a tres entidades diferentes. Esta fragmentación, advirtieron, podría generar nuevas dificultades operativas sin resolver las ineficiencias actuales.
También se cuestionó la pertinencia del referéndum como instrumento, ya que la separación de las carreras judiciales podría haberse realizado mediante una ley ordinaria, sin necesidad de reforma constitucional. La consulta, además, fue de tipo confirmatorio, lo que significa que no requería un mínimo de participación para validar el resultado.
El origen parlamentario de la reforma se remonta a una iniciativa promovida originalmente durante los gobiernos de Silvio Berlusconi tras el caso “Manos Limpias”. El texto había recibido el visto bueno de ambas cámaras en octubre de 2025, pero al tratarse de una reforma constitucional y no alcanzar la mayoría cualificada de dos tercios, debía ser ratificada por la ciudadanía mediante consulta popular.
La votación terminó convirtiéndose además en un test político para el Gobierno de Giorgia Meloni. Con el 53,6% de los votos, el “No” se impuso con claridad frente al 46,4% del “Sí”, con una participación cercana al 59%, tras una campaña intensa que movilizó tanto al oficialismo como a la oposición.

En un mensaje difundido en redes sociales, la primera ministra reconoció la derrota y aseguró que respetará el resultado. “Los ciudadanos italianos han decidido”, afirmó, al tiempo que prometió continuar con su mandato hasta 2027 y seguir adelante con su agenda de gobierno, aunque admitió el arrepentimiento por una oportunidad perdida para modernizar el sistema judicial.
La reforma era una de las iniciativas centrales del programa gubernamental. Entre sus puntos principales, proponía separar las carreras de jueces y fiscales, dividir el órgano de autogobierno de la magistratura y crear un tribunal disciplinario para sancionar a magistrados. El Ejecutivo defendía estos cambios como necesarios para agilizar un sistema judicial históricamente criticado por su lentitud.
Sin embargo, los detractores advirtieron que las medidas podrían debilitar la independencia judicial y concentrar mayor poder político. Partidos de oposición, asociaciones de juristas y organizaciones civiles conformaron un frente común que logró instalar la preocupación sobre el impacto institucional de la reforma.
El resultado fue interpretado por analistas como un revés político para el Gobierno y un debilitamiento del liderazgo de Meloni, aunque la mandataria reiteró que continuará en el cargo y mantendrá su agenda de reformas.

Para la oposición, el resultado representa un impulso de cara a futuros desafíos electorales. Dirigentes opositores celebraron el rechazo ciudadano y destacaron la unidad alcanzada durante la campaña.
El debate sobre el futuro del sistema judicial en Italia evidenció profundas divisiones políticas e institucionales. Mientras los defensores de la reforma insistían en la necesidad de reducir el faccionalismo y mejorar la transparencia, los críticos alertaron sobre una posible mayor politización y fragmentación del sistema.
Con una participación elevada y un resultado claro, el referéndum dejó abierto el escenario político en Italia y planteó interrogantes sobre los próximos pasos del Gobierno en materia de reformas estructurales hacia las elecciones previstas para 2027.


