Las autoridades de Irán interrumpieron el acceso a internet y a las líneas telefónicas en amplias regiones del país durante la noche del jueves, en el marco de una nueva escalada de protestas a nivel nacional. Las movilizaciones ya dejaron decenas de muertos y miles de detenidos, y volvieron a colocar bajo una fuerte presión al poder político y religioso de la República Islámica.
La medida fue confirmada por la ONG de monitoreo digital NetBlocks y por la empresa de infraestructura Cloudflare, que detectó una caída abrupta del tráfico de datos atribuida a interferencias deliberadas del Estado. De acuerdo con NetBlocks, Irán quedó “sometido a un corte de internet a escala nacional”, una práctica que el régimen ya había aplicado en episodios anteriores de protestas para dificultar la organización social y la difusión de imágenes de la represión.
El apagón digital coincidió con manifestaciones nocturnas en Teherán y en otras ciudades, luego de un llamado a movilizarse lanzado desde el exilio por el príncipe heredero Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán, derrocado tras la Revolución Islámica de 1979. Testigos citados por agencias internacionales relataron escenas de barrios enteros de la capital con personas gritando desde los balcones y miles de manifestantes ocupando las calles.
Durante las protestas se escucharon consignas dirigidas directamente contra el sistema político vigente y su máxima autoridad, el ayatolá Alí Khamenei, como “Muerte al dictador” o “Muerte a la República Islámica”. En otros puntos también surgieron lemas a favor del regreso de la monarquía, una expresión impensada décadas atrás que refleja el nivel de quiebre entre amplios sectores de la sociedad y el régimen clerical.
Las manifestaciones comenzaron el 28 de diciembre en el bazar de Teherán, impulsadas por el deterioro económico, la inflación y el colapso del rial. Sin embargo, el descontento se expandió rápidamente a todo el país. Según recuentos de la AFP y de organizaciones de derechos humanos, las protestas alcanzaron al menos 25 de las 31 provincias iraníes y a más de un centenar de ciudades, con cierres masivos de mercados, universidades movilizadas y concentraciones diarias.

El balance de víctimas es motivo de fuertes discrepancias. La ONG Iran Human Rights, con sede en Noruega, informó al menos 45 manifestantes muertos, entre ellos ocho menores, y más de 2.000 detenidos en los primeros doce días de protestas. La organización denunció el uso de munición real por parte de las fuerzas de seguridad y calificó la represión como “un crimen internacional”, además de reclamar la intervención de la comunidad internacional. En contraste, las cifras oficiales iraníes reconocen al menos 21 fallecidos, incluidos miembros de las fuerzas de seguridad.
El miércoles fue señalado como la jornada más sangrienta desde el inicio de las movilizaciones, con al menos 13 manifestantes muertos, según Iran Human Rights. Medios estatales iraníes también informaron sobre ataques contra efectivos policiales y militares, en un escenario marcado por una creciente confrontación y la falta de canales de diálogo efectivos.
Desde el Gobierno, el presidente Masud Pezeshkian hizo un llamado público a la “moderación” y al “diálogo”, aunque sin anunciar medidas concretas para atender los reclamos económicos o políticos de los manifestantes. En paralelo, sectores más duros del régimen dejaron entrever una respuesta más severa: el diario ultraconservador Kayhan difundió un video en el que advirtió sobre el posible uso de drones para identificar a quienes participan en las protestas.
El pronunciamiento de Reza Pahlavi sumó un nuevo componente político a un movimiento que hasta ahora se había mantenido mayormente descentralizado y sin un liderazgo visible. Radicado en Estados Unidos, el exiliado instó a los iraníes a movilizarse como “un frente unido” y advirtió a las autoridades que “la represión no quedará sin respuesta”. No obstante, analistas señalan que aún no está claro si su figura puede articular una alternativa política viable dentro o fuera del país.
“El problema recurrente de las protestas en Irán ha sido la falta de una opción organizada capaz de disputar el poder”, escribió el analista Nate Swanson, del Atlantic Council, citado por AP. Hasta ahora, el aparato de seguridad del régimen logró neutralizar o expulsar a potenciales liderazgos opositores mediante detenciones, procesos judiciales y el exilio forzado.

La reacción internacional agregó más tensión al escenario. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió la semana pasada que Washington “acudirá en rescate” de los manifestantes si Teherán responde con una represión letal. Las declaraciones fueron rechazadas por el Ministerio de Exteriores iraní, que las calificó de “hipócritas” e injerencistas. Aun así, el Departamento de Estado estadounidense amplificó en redes sociales imágenes de las protestas y mensajes críticos contra la política económica iraní.
Las movilizaciones actuales son las más importantes desde las protestas de 2022, desatadas tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial. En aquel momento, el régimen respondió con una represión masiva, prolongados cortes de internet y cientos de muertos, un antecedente que explica la rápida adopción de medidas de censura digital en esta nueva crisis.
El trasfondo económico sigue siendo un factor central. Luego de años de sanciones internacionales y del impacto de conflictos recientes en la región, el rial iraní se desplomó en diciembre hasta rondar los 1,4 millones por dólar, un derrumbe histórico frente a los niveles previos a 1979 o incluso al acuerdo nuclear de 2015. Para muchos ciudadanos, el colapso de la moneda y el encarecimiento del costo de vida terminaron de quebrar un contrato social ya profundamente erosionado.
Con las comunicaciones bloqueadas, cifras disputadas y una represión en aumento, el régimen iraní enfrenta uno de los desafíos internos más complejos de los últimos años. La combinación de crisis económica, rechazo político y control autoritario vuelve a ubicar al país en un punto de inflexión incierto, mientras las calles continúan siendo el principal escenario de disputa.


