Cada 2 de febrero se conmemora el Día Mundial de los Humedales. No es una efeméride simpática ni un festejo ecológico de postal verde. Es, más bien, un recordatorio incómodo: los humedales están desapareciendo a una velocidad alarmante y, con ellos, se va una parte clave del equilibrio ambiental que sostiene la vida humana. Sí, humana. Porque esto no va solo de ranas, juncos o aves migratorias. Va de agua, de clima, de alimentos y, en definitiva, de futuro.
Los humedales son ecosistemas donde el agua manda. Pueden ser ríos, esteros, lagunas, marismas, deltas, turberas o bañados. Algunos están siempre inundados; otros se mojan y se secan según la estación. Esa dinámica, que a veces parece caótica, es justamente su fortaleza. Funcionan como esponjas naturales: absorben excesos de agua cuando llueve mucho y la liberan lentamente en épocas secas. Traducido: ayudan a prevenir inundaciones y a amortiguar sequías. Nada mal para un planeta cada vez más extremo.
Además, los humedales son grandes filtros naturales. Retienen sedimentos, metales pesados y contaminantes, mejorando la calidad del agua. Son, también, uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad del mundo. Aves, peces, anfibios, insectos, plantas únicas. Muchos de esos organismos no sobreviven en ningún otro lugar. Si el humedal desaparece, ellos también. Fin de la historia.
El problema es que los humedales no suelen entrar en la lógica del “progreso rápido”. No son fáciles de urbanizar, no siempre sirven para la agricultura intensiva y no responden bien a la idea de “ordenar el territorio” a fuerza de relleno y hormigón. Entonces, históricamente, se los drenó, se los secó, se los quemó o directamente se los ignoró. El resultado está a la vista: según datos internacionales, más del 35 % de los humedales del mundo se perdió desde 1970. En algunos países, la cifra es aún peor.
En Argentina, el tema es especialmente sensible. El país tiene una enorme riqueza de humedales: el Delta del Paraná, los Esteros del Iberá, la cuenca del río Salado, la laguna Mar Chiquita, los humedales patagónicos y andinos, entre muchos otros. Se estima que alrededor del 21 % del territorio nacional está compuesto por humedales. Sin embargo, esa abundancia no se tradujo en protección efectiva.
El Delta del Paraná es el caso más visible y dramático. En los últimos años, los incendios intencionales —vinculados en muchos casos a prácticas ganaderas, especulación inmobiliaria o simple negligencia— arrasaron miles de hectáreas. El humo llegó a Rosario, Buenos Aires y otras ciudades, afectando la salud de millones de personas. De repente, el humedal dejó de ser un “problema lejano” y se metió en los pulmones urbanos. Ahí muchos entendieron que esto no era solo una causa ambientalista: era un problema de salud pública.
A pesar de eso, Argentina todavía no cuenta con una Ley de Humedales. El proyecto fue presentado varias veces en el Congreso, debatido, cajoneado, modificado, diluido y, finalmente, dormido. Las presiones económicas, la falta de consenso político y la clásica lógica del corto plazo hicieron su trabajo. Mientras tanto, los humedales siguen perdiendo superficie y funcionalidad.
El cambio climático agrava todo. Los humedales son grandes aliados en la lucha contra el calentamiento global: almacenan enormes cantidades de carbono, incluso más que muchos bosques. Cuando se los destruye o se los quema, ese carbono se libera a la atmósfera, acelerando el problema que supuestamente queremos frenar. Es un círculo vicioso perfecto… y peligroso.
Pero no todo es desastre. Existen experiencias de conservación y restauración que demuestran que proteger humedales funciona. Los Esteros del Iberá son un ejemplo claro: la combinación de políticas públicas, conservación privada y turismo responsable permitió recuperar especies, generar empleo local y posicionar a la región como un modelo de desarrollo sustentable. No es magia. Es decisión política y planificación a largo plazo.
El Día Mundial de los Humedales no debería quedarse en un posteo con fotos lindas y hashtags verdes. Debería servir para preguntar cosas incómodas: ¿qué modelo productivo queremos?, ¿qué costo ambiental estamos dispuestos a pagar?, ¿quién gana y quién pierde cuando se destruye un humedal?, ¿por qué seguimos reaccionando cuando el daño ya está hecho y no antes?
Cuidar los humedales
No significa frenar todo desarrollo ni volver a vivir como en el siglo XIX. Significa entender que hay límites ecológicos que no se pueden cruzar sin consecuencias. Significa planificar mejor, producir de forma más inteligente y asumir que el ambiente no es un obstáculo, sino la base sobre la cual se construye cualquier sociedad viable.
En tiempos de crisis climática, incendios recurrentes, sequías prolongadas e inundaciones cada vez más frecuentes, los humedales no son un lujo ni un capricho verde. Son infraestructura natural crítica. Ignorarlos sale caro. Muy caro.
Este 2 de febrero, el mensaje es claro: sin humedales, no hay agua; sin agua, no hay vida; y sin vida, no hay economía, ni ciudades, ni futuro que valga la pena discutir. Lo demás es humo. Literal y metafórico.
