Cada 12 de enero se celebra el Día del Pizzero, una fecha que rinde homenaje a quienes dominan el arte de la masa, el horno y el tiempo justo. No es solo una excusa para comer pizza sin culpa (como si hiciera falta), sino también una forma de reconocer un oficio que mezcla tradición, técnica, paciencia y pasión. Porque la pizza no se improvisa: se amasa.
El origen del Día del Pizzero
El Día del Pizzero se conmemora cada 12 de enero en honor a la fundación de la Asociación de Pizzeros y Casas de Empanadas de la República Argentina (APYCE), creada en 1987. Desde entonces, la fecha se convirtió en un punto de referencia para destacar el trabajo de miles de pizzeros y pizzerías que forman parte de la identidad gastronómica del país.
APYCE no solo nuclea a trabajadores del rubro, sino que también impulsa capacitaciones, competencias, estándares de calidad y eventos que buscan profesionalizar un oficio que durante décadas se transmitió casi exclusivamente de generación en generación.
Argentina, país pizzero
Si hay algo que Argentina discute con fundamentos es su lugar en el ranking mundial de consumo de pizza. Buenos Aires, en particular, suele ser señalada como una de las ciudades con más pizzerías por habitante del mundo. Y no es casualidad.
La fuerte inmigración italiana de fines del siglo XIX y principios del XX trajo consigo recetas, técnicas y, sobre todo, una relación emocional con la comida. La pizza se adaptó al paladar local, cambió de forma, de tamaño y de textura, pero nunca perdió protagonismo.
Acá la pizza es ritual:
- de parado en el mostrador,
- con fainá arriba (sí, arriba),
- con muzza que chorrea,
- o con fugazza que parece un colchón de cebolla.
Oficio, ritmo y carácter
Ser pizzero no es solo estirar masa. Es leer el horno, manejar tiempos exactos, coordinar pedidos en momentos de caos absoluto y mantener la calidad cuando el salón explota. No hay margen para la distracción: una pizza pasada es una pizza perdida.
El pizzero trabaja con el cuerpo entero. Brazos, muñecas, espalda y paciencia. Y también con la cabeza: cada horno es distinto, cada masa reacciona de otra manera según la humedad, la temperatura y el reposo.
Muchos pizzeros aprendieron mirando, ayudando, quemándose un poco las manos y equivocándose mucho. Otros pasaron por escuelas gastronómicas. Pero todos comparten algo: orgullo por el producto final.
Estilos de pizza: un mundo dentro de otro
La pizza no es una sola. En Argentina conviven múltiples estilos, y el pizzero sabe que cada uno exige técnicas distintas:
- Pizza al molde: alta, esponjosa, abundante en queso. Un clásico porteño.
- Pizza a la piedra: más fina, cocción rápida, bordes crocantes.
- Pizza estilo napolitano: masa hidratada, horno bien caliente, ingredientes simples.
- Pizza de cancha: sin queso, con salsa potente. Humilde y gloriosa.
- Pizza gourmet: ingredientes premium, fermentaciones largas, otra lógica de cocina.
Detrás de cada variante hay decisiones técnicas que el pizzero domina o aprende a dominar con los años.
El horno, el tercer protagonista
En la tríada sagrada de la pizza —masa, salsa y queso— hay un cuarto elemento que manda: el horno. A leña, a gas o eléctrico, cada uno imprime carácter.
El pizzero no solo cocina: dialoga con el horno. Sabe cuándo rotar la pizza, cuándo subirla, cuándo bajarla y cuándo sacarla antes de que sea tarde. Ese conocimiento no está en los manuales: está en la experiencia.
Competencias y reconocimiento internacional
En los últimos años, la pizza argentina empezó a ganar terreno en competencias internacionales. Pizzeros locales participan en campeonatos mundiales en Italia, Estados Unidos y otros países, llevando versiones propias que combinan técnica europea con identidad local.
Esto ayudó a revalorizar el oficio y a mostrar que detrás de una buena pizza hay estudio, práctica y evolución constante.
Más que comida rápida
Aunque muchos la asocian con comida rápida, la pizza tiene procesos lentos: fermentaciones largas, reposos controlados, selección de ingredientes y técnicas precisas. El buen pizzero sabe que apurar la masa es pagar el precio después.
Además, la pizza cumple un rol social clave. Está en cumpleaños, reuniones, salidas nocturnas, finales de fútbol y domingos sin ganas de cocinar. Une generaciones y mesas sin discriminar bolsillos.
El pizzero hoy
Hoy el pizzero convive con redes sociales, reseñas online y clientes cada vez más informados. Sabe que una foto viral puede llenar el local… o vaciarlo. Por eso muchos combinan tradición con innovación, sin perder identidad.
Hay pizzeros jóvenes que investigan fermentaciones naturales y otros que siguen haciendo la misma receta hace 40 años. Y está bien. La pizza también es memoria.
Por qué celebrar el Día del Pizzero
Celebrar el Día del Pizzero es reconocer a quienes trabajan cuando otros descansan, a los que pasan noches enteras frente al horno y a los que hacen que una comida simple se convierta en un momento feliz.
El 12 de enero no se trata solo de comer pizza (aunque es obligatorio), sino de valorar un oficio que forma parte de la cultura popular argentina.
Porque detrás de cada porción bien hecha hay manos que saben, ojos atentos y una historia que se repite todos los días, desde hace décadas.
Epílogo con muzza
La pizza no sería lo que es sin el pizzero. Y el pizzero no sería pizzero sin ese momento exacto en el que saca la pizza del horno y sabe —sin probarla— que salió bien.
El 12 de enero, entonces, no se discute:
se saluda al pizzero,
se pide una grande,
y se agradece con aplausos… o con fainá.
