Un nuevo fracaso de este Boca sin alma. En la previa, el partido en la Bombonera parecía una oportunidad ideal para empezar a enderezar el rumbo: enfrente estaba Gimnasia de Mendoza, un equipo recién ascendido al que le viene costando sumar y hacer pie en la categoría. Pero lo que en los papeles asomaba accesible, en la cancha volvió a convertirse en un laberinto sin respuestas. Fue empate 1-1, con silbidos ensordecedores y una sensación que ya no sorprende: este Boca de Claudio Úbeda no reacciona.
El arranque fue un baldazo de agua helada. A los pocos minutos, tras un córner, Luciano Paredes —no Leo— apareció en el área ante la pasividad defensiva y marcó el 1-0 para la visita. Fallas en la marca, desatenciones reiteradas de Janson y Adam Bareiro, y otra intervención poco convincente de Marquesín terminaron por configurar una escena repetida: Boca arrancando desde atrás por errores propios. La Bombonera, incrédula, empezó a impacientarse demasiado pronto.
A partir de la desventaja, el equipo intentó reaccionar, pero lo hizo con más voluntad que claridad. El traslado fue lento, las conexiones imprecisas y las ideas, escasas. Boca empujó, sí, pero le costó horrores generar situaciones nítidas. Los laterales no lograban profundidad, el mediocampo no encontraba sociedades y el juego se volvió previsible. Sin embargo, en uno de los pocos centros bien ejecutados por Blanco, la pelota cayó en el corazón del área, Adam Bareiro apenas la desvió hacia afuera y, con un zurdazo potente, “La Bestia” Merentiel estampó el 1-1. Un desahogo parcial en medio de tanta confusión.
En el tramo final del primer tiempo, Boca insistió. Hubo una jugada que terminó en gol, pero el VAR intervino y anuló la acción por una posición adelantada en el inicio, atribuida a Janson. La decisión fue fina, discutida. Merentiel no participó directamente de la definición; la jugada continuó por arriba con Janson, siguió con el centro de Blanco y culminó en el cabezazo que había desatado el grito de Bareiro. El árbitro Dóvalo ni siquiera fue a revisarla: aceptó la comunicación del VAR y el primer tiempo se cerró con empate y más dudas que certezas.
Un Boca con cambios en el complemento que no surtieron efecto
En el complemento, el equipo salió con la misma formación, pero a los siete minutos llegaron las modificaciones. Se fue Janson, se retiró el juvenil Delgado —de los pocos correctos— y también dejó la cancha Alarcón, un futbolista que todavía no logra consolidarse ni ofrecer soluciones. Ingresaron Aranda, Paredes y luego Herrera y Zenón, en una búsqueda desesperada de algo distinto. Aranda, el juvenil, fue el más incisivo: encaró, intentó, generó la acción más clara, aunque falló en la definición. Para muchos, el mejor de la noche.
Con los cambios, Boca ganó algo de verticalidad, fue un poco más lineal, pero nunca logró transformar ese leve envión en peligro real. Apenas un cabezazo de Di Lollo que el arquero visitante logró desviar alcanzó para inquietar. Demasiado poco para un equipo que necesita respuestas urgentes. El empate se fue consolidando como una sentencia inevitable.
El final fue elocuente. Silbidos atronadores desde la popular y desde las plateas. Los jugadores caminaron hacia la cabecera de La Doce para pedir disculpas. Un gesto que, más que calmar, expuso el clima enrarecido. La pregunta flota en el aire: ¿cuánto tiempo más puede sostenerse este presente? No es un aviso aislado. Es una señal que interpela a todos: dirigencia, cuerpo técnico y plantel.
Los números son contundentes. En cinco partidos, Boca perdió dos y empató tres como local: sobre nueve puntos en casa, apenas sumó tres. Como visitante, tanto ante Estudiantes como frente a Vélez, fue ampliamente dominado. El equipo no solo no gana: tampoco compite como se espera de su historia.
Ahora se viene un desafío de alto riesgo: visitar al campeón de la Recopa, Lanús, en su estadio. Un partido complejo, en un contexto frágil. ¿Quiénes llegarán en condiciones? ¿Habrá reacción anímica? ¿Se sostendrá el actual ciclo? Por ahora, todo sigue dentro de una normalidad desastrosa para un club que exige otra cosa.
Boca empata, pero la sensación es de derrota. Boca intenta, pero no convence. Boca juega, pero no transmite. Y la Bombonera, que tantas veces fue sostén, hoy es termómetro de un malestar que crece. Puntos suspensivos. Y que sea lo que Dios quiera.
