Boca necesitaba una respuesta. Y la dio. Después del golpe en La Plata el miércoles, donde la derrota había dejado más preguntas que certezas, el equipo de Claudio Úbeda mostró señales claras de recuperación en un partido cargado de condimentos: debut de refuerzos, presión ambiental y la obligación de devolver una imagen que había quedado en deuda.
No era un partido para brillar, era un partido para ordenarse. Y Boca lo entendió.
Durante el primer tiempo, el desarrollo fue trabado, áspero y poco jugado. El equipo de la Lepra rosarina no propuso demasiado desde lo futbolístico, pero sí desde lo físico. Pegó sin disimulo, cortó el ritmo constantemente y terminó los primeros cuarenta minutos con tres amarillas que, tranquilamente, podrían haber sido rojas. Boca, en ese contexto, no logró llegar con claridad al arco de Arias, pero tampoco pasó grandes sobresaltos. No preocupó en demasía.
Había que esperar el momento. Y llegó.
En una salida rápida, Blanco inicia la jugada y habilita al Changuito Ceballos, que encaró por el medio llevándose marcas y leyendo perfecto la jugada. Tenía opciones a derecha e izquierda, y eligió bien: tocó para el propio Blanco, que venía acompañando, y definió con un toque suave por arriba del arquero. Uno a cero y partido nuevo. A partir de ahí, Boca cambió la cara y el ánimo.
Antes incluso de que el partido terminara de acomodarse, llegó una decisión clave del banco: el cambio temprano. El cuerpo técnico vio flojo al chico que ya estaba amonestado y no dudó: al banco y adentro Ángel Romero. Decisión acertada.
Romero llegó, se puso la camiseta y jugó como si llevara meses. Tocó un par de pelotas, mostró jerarquía, y en la segunda intervención importante provocó una falta dentro del área. Darío Herrera cobró inicialmente afuera, pero el VAR —esta vez sí— corrigió bien. Penal para Boca.
Leandro Paredes no falló. Dos a cero. Partido terminado. Desde ese momento, Boca manejó tiempos y espacios.
Los cambios posteriores terminaron de confirmar la lectura correcta del banco. Milton Delgado y Kevin Zenón ingresaron por Herrera y Gelini, y el equipo ganó dinámica, circulación y claridad para el contraataque. Boca llegó varias veces con transiciones rápidas, aunque sin lograr ampliar el marcador. No hizo falta: el rival ya no tenía respuestas ni futbolísticas ni anímicas.
En el tramo final ingresó Belmonte, el mimado por Úbeda, por el capitán Paredes. Movimiento lógico, sin demasiado impacto, pero que sirvió para cerrar la noche.
Boca terminó el partido con un 2 a 0 justo, pero sobre todo con algo que necesitaba más que el resultado: tranquilidad. Siete días para trabajar sabiendo que Ascacibar cumplió, que Romero llegó y respondió, que Gelini fue más de lo que muchos esperaban, y que esta vez los recambios desde el banco sí marcaron la diferencia.
No es el techo. Pero fue un piso firme después de una caída dura. Y en este momento, para Boca, eso vale mucho.
Un arbitraje permisivo que rozó el límite en la victoria de Boca
Más allá del resultado, el arbitraje de Darío Herrera dejó varios puntos cuestionables. El juez mostró un criterio excesivamente permisivo con el juego brusco de Newell’s, que durante gran parte del partido apeló más a la fricción que al fútbol. El caso más claro fue el brutal pisotón sobre Ander Herrera, una acción que merecía sanción mayor y que terminó apenas con una tarjeta amarilla para el jugador rosarino. Esa falta marcó la tónica de la noche: infracciones duras sin la severidad correspondiente, mientras que en acciones menores el árbitro aplicó el mismo castigo a los futbolistas de Boca, equiparando situaciones que no eran equivalentes. Un manejo que permitió el exceso, cortó el ritmo del partido y dejó la sensación de que el control del juego estuvo siempre al borde de perderse.
