Cada 14 de noviembre se conmemora el Día Mundial de la Diabetes, una fecha que busca visibilizar una enfermedad crónica que afecta a millones de personas en el mundo y cuyo avance continúa siendo un desafío sanitario, social y económico. La jornada no solo invita a reflexionar sobre la importancia de la prevención y del diagnóstico temprano, sino también a comprender cómo los estilos de vida actuales, los factores de riesgo y el acceso desigual a la salud influyen directamente en su desarrollo.
Más allá de las cifras, este día funciona como un recordatorio de que la diabetes es una condición que puede controlarse y cuyo impacto puede reducirse de manera significativa a través de políticas públicas, educación y concientización sostenida.
La efeméride fue establecida en 1991 por la Federación Internacional de Diabetes (FID) junto con la Organización Mundial de la Salud (OMS) como respuesta al crecimiento alarmante del número de casos. La elección del 14 de noviembre no es casual: ese día nació Frederick Banting, uno de los descubridores de la insulina, un avance científico que cambió para siempre la vida de quienes viven con diabetes.
Su legado marcó un antes y un después en el tratamiento de la enfermedad, permitiendo pasar de un diagnóstico prácticamente terminal a una condición crónica controlable. Sin embargo, más de un siglo después, los desafíos siguen siendo enormes.
La diabetes se divide en tres grandes tipos:
Diabetes tipo 1, una condición autoinmune que suele aparecer en la infancia o adolescencia y que requiere de insulina desde el inicio; diabetes tipo 2, vinculada en gran medida a factores como la alimentación, el sedentarismo y el exceso de peso; y diabetes gestacional, que surge durante el embarazo y puede representar riesgos tanto para la madre como para el bebé. La tipo 2 es, por lejos, la más frecuente y la que más crece en el mundo, impulsada por estilos de vida marcados por el consumo de alimentos ultraprocesados y la falta de actividad física.
La prevalencia global continúa en ascenso. En Argentina, las estadísticas nacionales muestran que cada vez son más las personas que conviven con esta enfermedad, muchas de ellas sin saberlo. El diagnóstico tardío es uno de los mayores problemas: la diabetes puede avanzar durante años sin síntomas evidentes mientras genera daño silencioso en órganos clave como los riñones, los ojos, los nervios y el sistema cardiovascular. De allí la importancia de los controles periódicos, especialmente en personas con factores de riesgo como antecedentes familiares, hipertensión, sobrepeso, obesidad o edad mayor a 45 años.
Más allá de lo estrictamente médico, la diabetes plantea un enorme desafío social. La alimentación saludable, el acceso a actividad física, la disponibilidad de medicación y la educación para la salud están fuertemente atravesados por las condiciones de vida. En barrios vulnerables, por ejemplo, el costo de los alimentos frescos, la falta de espacios seguros para moverse y las dificultades en el acceso a atención médica adecuada hacen que la prevención sea mucho más compleja. Por eso, distintas organizaciones remarcan cada año que la lucha contra la diabetes también implica trabajar sobre la desigualdad.
Uno de los ejes centrales del Día Mundial de la Diabetes de los últimos años ha sido el acceso a la insulina y a la educación diabetológica. Aunque la insulina es esencial para millones de personas, en muchos países su costo es una barrera. En Argentina, la cobertura del sistema público y las obras sociales garantiza la provisión para quienes la necesitan, pero mantener un tratamiento adecuado requiere más que la medicación: hace falta educación, acompañamiento y controles constantes.
Los especialistas coinciden en que la educación terapéutica es tan importante como el tratamiento, ya que permite que las personas comprendan su condición y sepan cómo manejarla en su vida diaria.
La jornada también suele servir para derribar mitos. Mucha gente todavía piensa que la diabetes es consecuencia directa del consumo excesivo de azúcar, cuando en realidad se trata de un proceso mucho más complejo. Si bien la alimentación juega un rol central, la genética y el estilo de vida en su conjunto también influyen. De hecho, uno de los conceptos más repetidos entre endocrinólogos y nutricionistas es que la prevención de la diabetes tipo 2 pasa por un abordaje integral que incluya una relación más saludable con la comida, menos sedentarismo y políticas públicas que faciliten entornos más amigables para cuidarse.
En ese sentido, las recomendaciones no apuntan a una vida restrictiva, sino a decisiones cotidianas sostenibles. Priorizar alimentos frescos, aumentar el consumo de frutas y verduras, incorporar movimientos a lo largo del día, reducir bebidas azucaradas y evitar el tabaquismo son acciones concretas que pueden marcar una diferencia significativa. La prevención no es un eslogan: está demostrada científicamente. Incluso pequeñas modificaciones mantenidas en el tiempo reducen de manera drástica el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2.
Además, el Día Mundial de la Diabetes invita a quienes viven con esta condición a reforzar la importancia del automonitoreo, los controles médicos y el acompañamiento profesional. La incorporación paulatina de tecnología —sensores de glucosa, bombas de insulina, aplicaciones de seguimiento— trajo nuevas herramientas que facilitan llevar un tratamiento más preciso y personalizado. Sin embargo, el acceso a estas tecnologías continúa siendo desigual, lo que abre otro debate necesario sobre la equidad en el tratamiento.
También es clave mencionar el aspecto emocional. Vivir con una enfermedad crónica genera, en muchos casos, estrés, frustración, ansiedad y cierto cansancio respecto del control permanente. Por eso, asociaciones de pacientes remarcan la importancia del acompañamiento psicológico y del rol fundamental que cumplen las redes familiares y sociales. La comunidad, las conversaciones abiertas sobre salud y la eliminación de estigmas aportan a un bienestar integral que va más allá del índice glucémico.
Hoy, el Día Mundial de la Diabetes sigue siendo una oportunidad para recordar que la prevención es posible, que el diagnóstico temprano cambia vidas y que la educación es una herramienta indispensable. Pero también es una invitación a construir un entorno más saludable, más inclusivo y más consciente del impacto que producen nuestras elecciones y los contextos en los que vivimos. Con políticas públicas sostenidas, acceso garantizado a la salud y una sociedad que entiende y acompaña, es posible disminuir el avance de una enfermedad que, lejos de ser inevitable, puede prevenirse y controlarse con información, compromiso y cuidados reales.
